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elecciones vascas | opinión
2 de marzo de 2009
La composición del Parlamento que ha salido de las elecciones es en extremo compleja. Parte de la complejidad se debe, sin duda, a la propia pluralidad de la sociedad vasca y a la consiguiente fragmentación de su representación política. Pero a ella ha contribuido también la ligereza de ciertos políticos y partidos. En este sentido, la decisión de rebajar, con el único motivo de satisfacer las pretensiones de EB y los intereses del lehendakari Ibarretxe, del 5% al 3% el umbral para la obtención de representación parlamentaria se ha demostrado del todo dañino para la gobernabilidad del país. Con el anterior índice del 5%, el Parlamento sería hoy más funcional y no limitaría más allá de lo razonable su representatividad democrática. A lo sumo, habría obligado a la concentración del voto en vez de a su excesiva dispersión. Pero el mal está ya hecho y, una vez hecho, resultará muy difícil repararlo.
Dicho esto, no cabe sino felicitar al PNV por sus muy buenos resultados. La campaña que ha desarrollado ha rozado la excelencia. A su diseño, más que a la propia candidatura, habrá que atribuir la mayor parte del éxito. Esta constatación, de ser acertada y aceptada por sus protagonistas, obligará a la dirección a sacar conclusiones. Si la campaña se ha basado en la moderación y no en la radicalidad del discurso, el PNV deberá entender que es a aquélla, y no a ésta, a la que debe ahora dar respuesta en la práctica de gobierno o de oposición. Lo contrario equivaldría a practicar el engaño interesado.
Gracias a esta moderación del discurso, a este pragmatismo, el PNV ha logrado por la vía de la confrontación electoral lo que no había conseguido mediante el método de la alianza y de la concesión. Me refiero, en exclusiva, a su relación con su adversario/aliado natural, que no es otro que EA. A este respecto, ayer obtuvo el PNV el mayor éxito desde la escisión de 1986. EA no ha vuelto al PNV por la vía del acuerdo, sino por la del militante y el votante. También de este hecho deberá sacar el partido jeltzale importantes conclusiones. La primera de ellas, y quizá la de mayor trascendencia, es que el nacionalismo de vocación institucional se aglutina en torno al moderantismo y al pragmatismo. La apuesta por el soberanismo, que ha sido tan acertadamente ocultada en la campaña, no hacía sino debilitar sus posiciones y fortalecer las de su adversario. Aunque no sea del todo pertinente mentar la bicha en este momento, las elecciones han demostrado que la llamada 'era Ardanza', que es la que ha inspirado, consciente o inconscientemente, el discurso de campaña, no debería ser tan denostada en el futuro como lo ha sido durante los últimos años, incluso entre las filas jeltzales.
En cuanto al PSE, sus resultados han sido, si no excelentes, sí al menos dignos de elogio. El incremento de más del 20% en el número de parlamentarios, si no se corresponde del todo con las expectativas que el optimismo de su campañahabía despertado, es más que notable y no es atribuible sólo al reparto de los nueve escaños dejados por la izquierda abertzale. No todo el incremento se debe además a un flujo del voto desde el PP. El PSE ha consolidado e incrementado el voto propio.
Finalmente, la gobernabilidad del país se demuestra tan compleja como complejo es el panorama parlamentario. De un lado, el PNV, al triturar con su propio éxito las perspectivas de conformar Gobierno con sus más recientes socios, se queda, de momento, sin los apoyos necesarios para alcanzar la Lehendakaritza. De otro, el PSE, aunque en condiciones aritméticas de investir lehendakari a su candidato, encontrará enormes dificultades para llevar esta iniciativa a la práctica y, sobre todo, para dirigir un Gobierno. En cualquier caso, tiene, con la mencionada capacidad, la llave para presionar al PNV a un posible entendimiento, que pasaría, de darse, por renuncias muy dolorosas por ambas partes.
No conviene, sin embargo, adelantar acontecimientos ni arriesgar pronósticos de incierto cumplimiento. Más vale quedarse en los hechos electorales. Y el más importante de éstos es, sin duda, el «fin de ciclo» que estas elecciones han supuesto. El tripartito, incluso ampliado a un eventual cuatripartito, ha fracasado. En este sentido, el cambio promovido por el PSE se ha hecho, en buena medida, realidad. Con todo, con la insistencia en la radicalidad ha perpetrado el peor de los males: romper los puentes de entendimiento que, durante tantos años, se habían construido en el país. La tarea inmediata consistirá en reconstruirlos, y vuelve a recaer en los mismos protagonistas: el PNV y el PSE.
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