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elecciones vascos | opinión
2 de marzo de 2009
Los resultados de ayer vinieron a demostrar que la naturaleza reactiva del nacionalismo opera en condiciones de extrema tensión, como las que rodearon los comicios de 2001, mientras que en un clima de apreciable distensión y sin miedos cruzados el voto nacionalista se relaja hasta convertirse en una opción más política que ideológica. La llamada al voto para 'gobernar desde aquí' ha debido surtir algún efecto, puesto que las opciones del PNV no se vieron superadas por las expectativas socialistas. Pero está claro que la eventualidad de la alternancia en el País Vasco no genera ya anticuerpos capaces de movilizar al nacionalismo en su conjunto muy por encima del no-nacionalismo. Ni siquiera el proteccionismo, el instinto que en tiempos de crisis repliega a las sociedades sobre sí mismas, la comprensible inclinación a preservar intereses, pudo ayer salvar los muebles de la continuidad promulgada por un Ibarretxe cambiado a última hora. Tan a última hora que el propio cambio en su discurso ha acabado dando carta de naturaleza a ese otro cambio más o menos difuso que prometían socialistas y populares. En 2001 y en 2005 Ibarretxe triunfó de tal manera que pudo cobrarse la victoria imprimiendo a su partido una dinámica obstinada con sucesivos planes soberanistas. Esta vez es el partido o, para ser más precisos, una parte de él el que se halla en condiciones de cobrar a Ibarretxe el apoyo que le ha venido prestando hasta el último momento.
Es cierto que, como ocurriera en 2001, el PNV ha logrado atraerse tanto voto moderado como el voto útil del soberanismo. Pero lo ha conseguido de manera insuficiente, obteniendo una presencia bastante homogénea en el conjunto del país, pero tan a costa de los socios arropados por el actual lehendakari durante años que el resultado, si no media algún milagro, pone punto y final a la 'era Ibarretxe'. El partido de Urkullu ha sorteado durante años la disyuntiva que se le planteaba a cada paso entre soberanismo y pragmatismo; y lo ha hecho así porque ninguno de los casos en los que se ha visto abocado a la encrucijada ésta era ineludible. Baste un ejemplo: Imaz logró la presidencia del EBB frente a Egibar obviando e incluso ocultando las diferencias políticas que les separaban, y se despidió de dicho cargo expresando de manera muy cuidadosa las causas de una crisis que dejaba el camino libre a Ibarretxe. Pero esta vez la pregunta requiere contestación y muy pronto. Esta vez el PNV ni siquiera puede recurrir al consabido argumento de esperar a las elecciones locales y forales de dentro de dos años. Esta vez tiene que decidirse entre formar parte del próximo gobierno vasco o pasar a la oposición.
En su afán por destacarse como candidato con opciones para presidir un gobierno monocolor y sacudirse las invectivas de los populares, Patxi López advirtió de que la fórmula de coalición PNV-PSE era del pasado. Lo paradójico del caso es que corresponde al PNV demostrar que no es así, convencer a los socialistas de su propósito de la enmienda para, cuando menos, seguir formando parte del gobierno. Pero para ello deberá poner a prueba su cohesión interna y, sobre todo, el EBB deberá someter al conjunto del partido a una catarsis que lo libere del entusiasmo soberanista con el que salió de la fracasada estrategia de Lizarra. En otras condiciones, los jeltzales hubiesen podido reivindicar la preeminencia del partido ganador para iniciar los trámites y conversaciones que abran la legislatura. Pero el escrutinio de ayer es el peor de los que podía esperar un partido acostumbrado durante los últimos diez años a no tener que tomar decisiones. Esta vez el PNV tendrá que hablar, antes que nada, consigo mismo.
Probablemente muchos nacionalistas se reafirmarían ayer la denuncia de que la exclusión judicial de los batasunos reducía su margen de maniobra ante las pretensiones de cambio de los constitucionalistas. Es una forma ya poco útil de olvidar que lo ocurrido es también consecuencia de los devaneos soberanistas con los que Ibarretxe transitó durante las dos últimas legislaturas contando con apoyos puntuales de la izquierda abertzale. En otras circunstancias, aun sumando únicamente con el incierto apoyo de Aralar y el renuente de EA y EB, Ibarretxe y su partido se hubiesen atrevido a mencionar tras las elecciones la existencia de una bolsa de electores 'sin derechos' cuya representación estarían dispuestos a asumir de facto, ampliando así la base social sobre la que pudieran asentar una mayoría exigua. Pero se da el caso de que ni por esas. Esta vez el PNV tendrá que decantarse. Tendrá que optar por revisar de plano ponencias, declaraciones y compromisos para acomodarse a la nueva situación e intentar el acercamiento con los socialistas. A no ser que, atenazado por sus equilibrios internos, trate de convertir en virtud la necesidad de mantenerse al margen, a la espera de que sean el PSE-EE y el PP quienes se decanten y definan su actitud respecto a la gobernación de Euskadi durante los próximos cuatro años. Sería tanto como proyectar una nueva 'era Ibarretxe' con éste como jefe de la oposición.
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