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elecciones vascas | opinión
2 de marzo de 2009
Desde que EA irrumpió en la escena política vasca como partido, tras la escisión del PNV, su trayectoria electoral ha sido claramente descendente. La curva electoral que configuran los distintos resultados de esta formación expresa bastante fielmente la falta de utilidad política que le han visto sus votantes a continuar con un compromiso que no se veía correspondido por los responsables de este partido. Efectivamente, sus 13 parlamentarios y más de 175.000 votos obtenidos en 1986 han ido reduciéndose de manera continuada y progresiva, comicio tras comicio, en 1990 con nueve escaños, en 1994 con ocho y en 1998 con seis parlamentarios, hasta que la buena suerte política hizo que en las famosas y disputadas elecciones de 2001 surgiera la fórmula de la coalición electoral con el PNV.
Esta coalición, utilizada también en las elecciones autonómicas de 2005, ha sido hasta ahora el salvavidas político-electoral para la formación creada en su día por el ex lehendakari Garaikoetxea. No sólo representaba un cobijo seguro, sino que, además, se le brindaba la oportunidad histórica de empezar a definir con los jeltzales un proyecto compartido más allá de un interés común de orden estrictamente electoral. La participación de EA en los distintos gobiernos de la comunidad autónoma junto con el PNV sólo tenía sentido en la medida que se fuera capaz de definir con los jeltzales una estrategia común. Es decir, ser capaces de demostrar en la práctica que la coalición no sólo era la expresión de un interés electoral común, sino que además era resultado de una apuesta en profundidad por compartir proyecto y estrategia. Pero era también la oportunidad de situar las relaciones con el PNV en un terreno absolutamente distinto al de la disputa y la rivalidad, dando así la vuelta a la situación que dejó la escisión.
La estrategia de la colaboración beneficiaba a los dos partidos, pero si alguien debía interpretar e interiorizar tal situación como política y estratégicamente necesaria e indispensable, ese alguien era EA. Sin embargo, en la experiencia desarrollada pronto se pudo comprobar que para los dirigentes de este partido la coalición no tenía nada de estratégico sino que era un mero instrumento con el que presionar al PNV para condicionar su política.
La decisión de la ejecutiva de EA de renunciar o rechazar la fórmula de la coalición, como una manera de distinguirse del PNV y de resaltar su independencia sobre los jeltzales, les ha llevado en estas elecciones al mayor desastre que ha conocido esta formación. Reducido a su mínima expresión tanto en Vizcaya como en Álava, ha dilapidado con esta última decisión la confianza que los votantes le seguían prestando, sobre todo, en Guipúzcoa. Precisamente, el territorio donde sus votos todavía le permiten ostentar la condición de partido parlamentario. La situación interna, lógicamente, será de todo menos pacífica. Quienes han promovido este resultado con sus decisiones deberán asumir las consecuencias.
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