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ELECCIONES VASCAS HOGAR DE BETOÑO (VITORIA) 21.00 HORAS
28 de febrero de 2009 - 02:20
Las circunstancias de la vida
Florián Bermúdez y Juan Antonio Cerezo (los dos de la derecha) se entretienen en la sala de juegos del Hogar de Betoño. / BLANCA CASTILLO
JON AGIRIANO.-

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». Un gran cartel con el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es lo primero que llama la atención del Centro de Integración Social Hogar de Betoño, en Vitoria. Si no fuera un mensaje tan largo, piensa el cronista, podrían cincelarlo en la puerta de entrada al edificio, una vivienda de tres pisos, rodeada de una verja de cuatro metros de altura, en cuya planta baja funcionó, hasta hace un par de años, un negocio de compra-venta de coches. O quizá no. Quizá tanta utopía sea excesiva como para escribirla en piedra.

El Hogar de Betoño se inauguró el 5 de diciembre de 2007. Es una iniciativa de la ONG Bizitza Berria, cuyo nombre explica su función: trata de ofrecer una vida nueva a las personas sin techo. El proceso de captación de residentes es siempre el mismo. Una educadora, Eugenia García, recorre la ciudad buscando personas que duermen en la calle. Aparte de ofrecerles una bebida caliente, tabaco y algo de ropa, habla con ellos, les informa de la existencia del centro y les anima a que acudan a él. En la actualidad, 22 personas, la mitad de ellas inmigrantes, se esfuerzan por regenerar sus vidas en el número 12 de la calle Portal de Betoño. La mayoría son alcohólicos o drogadictos. «Estamos llenos», informa Sergio Hinojal, el director del centro, que lidera el trabajo de un grupo de doce profesionales.

El proceso de integración consta de tres fases. Sergio Hinojal y la educadora Rebeca Losua las detallan de forma somera. La primera es la acogida, que se prolonga durante un mes. Durante ese tiempo, se evalúa el estado del nuevo residente y se comprueba si acepta las normas, comenzando por la primordial: no consumir. La segunda fase es la integración. Al indigente, que ya puede participar en los talleres del centro, se le asigna una plaza y un mediador (una especie de tutor) que examinará su evolución. La tercera y última fase sería la emancipación, que se produce cuando el 'homeless' deja el Hogar de Betoño y pasa a compartir un piso de alquiler. «No hay una duración establecida para todo el proceso. No nos marcamos unos plazos», explica Hinojal, antes de ofrecer una estadística que revela por sí sola las enormes dificultades que entraña enderezar determinados rumbos. «En 2008 atendimos a 53 personas y 11 llegaron al piso de alquiler», explica. Rebeca Losua aporta un matiz. «Es un colectivo duro. Las cosas se consiguen muy poco a poco. Pero cuando salen bien son muy gratificantes», apunta.

Son las nueve de la noche, hora de comienzo del segundo turno de cenas. Hoy toca ensalada, acelgas y croquetas. Los residentes llegan con apetito. Guija Lionl, un joven rumano, se emplea a conciencia. Después de cinco meses en la calle y un tiempo indefinido dando tumbos por Francia, Italia y Albania, el Hogar de Betoño le parece un hotel de lujo. También Richard Pudllo, un gigantón polaco, come con gusto. Trabajaba en una obra de Madrid. Cuando perdió su empleo, el alcohol hizo todo lo demás. Acabó rebuscando comida en la basura y durmiendo en la plaza de Abastos de Vitoria con unos cartones. Allí lo encontró Eugenia García, esa hada madrina. Pudllo ya no bebe, hace un curso de calderería y se queja de que no tiene ningún recurso. «Me piden seis meses de empadronamiento y sólo llevo tres», se duele.

Florián Bermúdez y Juan Antonio Cerezo han cenado en el turno de las ocho y media y, antes de retirarse a sus literas, pasan el rato en la sala de juegos fumando, leyendo y charlando. Florián es de Yurre (Álava). Era mecánico de mantenimiento en la Michelín, estaba casado y tenía tres hijos. De repente, su vida sufrió un fundido en negro. Se separó, tuvo una depresión, perdió el trabajo y acabó durmiendo en el coche y luego en la calle helada, en portales o cajeros. Sólo tiene 48 años, pero aparenta bastantes más. Es el castigo. Sufrió un infarto cerebral, está operado de las carótidas y arrastra una neumonía cavitada. «Tengo un agujero como un puño en el pulmón», dice, liando un cigarrillo. La de Juan Antonio es una historia oscura de drogas, alcohol y abandono. «¡Qué quiere que le cuente! Son las circunstancias de la vida».

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