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ELECCIONES VASCAS EUSKADI 2005-09 UNA IMAGEN DEL PASADO
1 de marzo de 2009 - 03:22
Ciudades en miniatura
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA.-

En los ochenta veíamos los grandes centros comerciales en las teleseries americanas y no terminábamos de entender por qué los jóvenes quedaban allí para pasar la tarde. Lo que no sospechábamos es que lo que estábamos viendo era también nuestro propio futuro. Hoy los centros comerciales están en nuestras ciudades y son nuestros quinceañeros los que pasan allí parte de su tiempo libre. En unos pocos años la implantación de estos negocios ha sido fulminante. Hasta el punto de que su proximidad ha llegado a alterar decisivamente las rutinas de compra y ocio de gran parte de la población. Visitar un centro comercial un sábado por la mañana es una manera más que efectiva de chequear el estado mental, psíquico y estético de la sociedad contemporánea.

Pese a que hay quien entiende los centros comerciales como perversas grutas alienadoras, lo cierto es que la gente que los abarrota encuentra en ellos notables ventajas. Por ejemplo, que tienen grandes parkings. También los precios, los amplios horarios, la comodidad de resolver compras diversas en un mismo lugar o la posibilidad de combinar esas compras con alguna clase de diversión para los niños, desde el cine hasta los bolos. Max Center, Megapark, El Boulevard o el nuevo Ballonti de Portugalete son algunos de los grandes centros de compras que forman parte de nuestra cotidianeidad. Frente a ellos se sitúan los defensores del pequeño comercio, que temen que estos gigantes terminen devorando a los tenderos de toda la vida y despoblando las calles de los pueblos y ciudades.

Y es que a los centros comerciales no sólo se va a comprar, sino también a pasar el rato. Sus plazas centrales, con su brillantez de plástico y metacrilato, han sustituido en cierto modo a las plazas donde la gente se citaba y se sentaban a descansar los paseantes desocupados. A veces da la sensación de que los grandes centros son ciudades dentro de las ciudades. El Nobel Saramago escribió una novela sobre este asunto. Se titulaba 'La caverna', era bastante aburrida y se vendió estupendamente en los centros comerciales.

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