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ELECCIONES VASCAS CIMA DEL GORBEA 12.35 HORAS
1 de marzo de 2009 - 03:24
La cumbre interior
La cima del Gorbea, el monte por antonomasia para vizcaínos y alaveses, no deja de recibir visitantes en todo el año. / FERNANDO GÓMEZ
JON AGIRIANO.-

Es tan conocido, admirado, cantado, fotografiado, caminado y cartografiado, tan popular y familiar, que para alaveses y vizcaínos ha dejado de ser un monte para convertirse en un estado de ánimo. La cima del Gorbea es la cumbre de un paisaje interior al que se accede por caminos del espíritu muy diferentes. Una vez arriba, antes incluso de recuperar el resuello, la primera sensación es de paz. El panorama es soberbio y resulta agradable saber que, una vez más, todo sigue en su sitio y es reconocible: la famosa cruz, levantada al tercer intento -las dos primeras no soportaron las ventiscas- siguiendo el llamamiento que hizo el Papa León XIII en 1899 para que se levantaran cruces en los montes más altos de la cristiandad; la imagen de la Virgen de Begoña mirando a Vizcaya; el buzón, instalado en 1926 por el Athletic Club, los dos vértices geodésicos, la mesa de orientación, a la que unos gamberros han hecho un agujero...

El día de nuestro ascenso no es un día grande, de esos en los que la cima del Gorbea es objeto de dos comparaciones emblemáticas: los alaveses dicen que se parece a la calle Dato y los vizcaínos, a la Gran Vía. Es un sábado cualquiera. Aún así, el goteo de montañeros que llegan a la cruz desde cualquiera de las vertientes del gran monte bocinero es incesante. Se diría que el Gorbea oculta un gigantesco imán que ejerce una fuerza arrolladora a personas de lo más dispares, desde montañeros concienzudos, que llegan equipados con cortavientos de última generación y gafas de ventisca para subir al Makalu a padres de familia un poco despistados que aparecen con pantalón corto y jersey de cuello vuelto, pasando por korrikolaris que llegan zumbando y zumbando se van, esclavos del cronómetro. El caso es que nunca falta gente en la cima, incluso cuando, a 1.482 metros de altitud, el termómetro marca ocho grados bajo cero y un fuerte viento barre la nieve helada.

Hay que reconocer que no son las mejores condiciones para improvisar una tertulia sobre el Gorbea. Tampoco está la cosa como para aguzar el oído en busca de las voces ancestrales. Los montañeros apenas aguantan cinco minutos en la cima; lo necesario para tocar la imagen de la Virgen, rodear la cruz, echar un vistazo panorámico y reponer fuerzas (el del pantalón corto, ni eso). De modo que el cronista, que también ha conocido mejores situaciones para recabar testimonios y no es precisamente Jeremías Johnson soportando los rigores de la montaña, tiene que capturarlos a lazo para hacer su trabajo lo antes posible. Los primeros en caer son Mikel Uribarri y su mujer, Karmele, que acaban de hacer cumbre en compañía de su hijo Joseba. Como siempre, el niño se les ha adelantado en los últimos metros para ser el primero de la familia en tocar la cruz.

Han subido por el camino de Murua y dicen que el paseo ha sido muy agradable hasta que, a un kilómetro de la cruz, en el último repecho, comenzó a soplar un viento polar con el que nadie contaba. Mikel Uribarri vive en Galdakao, pero es de Zeanuri, lo que significa que el Gorbea es para él una geografía de la infancia. «Es más que un monte. Es algo que forma parte de mí», dice. No hay tiempo para entrar en más detalles. Karmele bromea a propósito de unos síntomas de congelación y la familia emprende el camino de vuelta justo cuando Miguel Bulo y Aintzane Ramos completan la pendiente de Aldamiñoste. Son de Zamudio y suben a la cruz tres o cuatro veces al año; una de ellas, inexcusable, el día de Nochevieja. «Lo que tiene el Gorbea es que es un símbolo para vizcaínos y alaveses. No se puede comparar con otros montes», comenta Miguel.

Manolo Vigo y María José Etxeberria están de acuerdo. Viven en Murua y el paseo al Gorbea ya forma parte de sus rutinas de los fines de semana, sobre todo desde que tienen a su perro 'Sam', que disfruta como un mico corriendo por los hayedos y jugando en el barro y en las planchas de nieve. «Gozamos mucho de la montaña. En verano, de hecho, solemos ir a las Alpujarras, a Capileira, un pueblo que está a la misma altura que la cima del Gorbea. La vista que tienes desde aquí es única. No te cansas de verla», dice María José. El cronista está de acuerdo. Alza la vista y no puede evitar pensar que su mirada está abarcando todos los paisajes que ha recorrido para completar esta serie que aquí termina.

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